martes, 23 de noviembre de 2010

Miguel Hernandez- Nanas de la cebolla / J.M. Serrat

Epifanía


epifanía. (Del lat. epiphanīa, y este del gr. ἐπιφάνεια, manifestación).Manifestación, aparición.

Una compañera de la FAHCE, está sembrando nuestros camino de letras. No sé qué es lo que le pasa pero parece impregnada por el dicho "De músico, poeta y loco...todos tenemos un poco".
Yo sé que mi blog es poco visitado pero le tengo fé y un día servirá a la difusión de las cosas que -estoy segura- no sólo a mí me parecen interesantes. Es por ello que quiero compartir con ustedes, internautas ocasionales de mi diario personal, esta bonita página de María José Methol, que se intitula EPIFANÍA...

Epifanía

"A la memoria de Tavie Mariani".

A todos aquellos que ejercen la profesión bibliotecaria con un verdadero sentido del respeto, la humildad y la solidaridad. A los que van camino a ello.


Federico llegó al trabajo temprano, como de costumbre. Abrió la puerta y levantó las persianas. Le gustaba llegar primero y prepararse un café, observar las estanterías descansando en su belleza. El hermoso panorama de los libros reposando silenciosamente uno al lado de otro, como acurrucándose en la inercia de permanecer a la espera de algún pedido, de alguna mano que rompa con la quietud sorda de libro en estantería de biblioteca pública.

Pasadas las ocho comenzaron a aparecer sus compañeras y en unos instantes más las primeras personas a hacer consultas. Pero él esperaba al señor del sombrero. Le causaba mucha curiosidad aquel excéntrico personaje que vestía con harapos de varios colores y que todos los días a las diez aparecía con su sombrero gris a solicitar el mismo libro: “Irrealidades” de León Esquivel. Federico le explicaba a diario que la colección de la biblioteca no contaba con tal ejemplar. El hombre se quitaba el sombrero, lo saludaba amablemente y se retiraba apesadumbrado.

A la hora exacta entró a la sala el señor y se repitió la rutina de siempre. Federico se sintió más intrigado que de costumbre y decidió averiguar. Consultó los catálogos que tenía disponibles y el libro no apareció en ninguno de ellos. El bibliotecario comenzó a creer que tal libro no existía realmente. Pero luego de insistentes estrategias de búsqueda el nombre del autor apareció mencionado en la página de una editorial de mala muerte. Decidió llamar al teléfono y la respuesta que obtuvo fue reveladora. El director de la editorial le explicó que Irrealidades era un libro que habían publicado hacía ya trece años en una pobre tirada de doscientos ejemplares. Nunca se había reeditado ni había tenido ninguna trascendencia. Su autor, León Esquivel, era el mismo hombre que lo visitaba a diario. De hecho, desde la publicación, rondaba librerías y bibliotecas solicitando su propio libro con la ilusión del reconocimiento. “Es un pobre tipo que está mal de la cabeza”, concluyó el director.

Federico había sido bibliotecario por más de quince años pero jamás le había ocurrido algo semejante. Sabía que debía actuar, era la única certeza que tenía, lo demás era humo. Tenía una sólida formación académica, sin embargo, lo arrebató la inexorable noción de una total ignorancia. No lo habían instruido para reaccionar en situaciones como éstas, nadie le había enseñado sobre frustraciones, ilusiones ni señores con sombreros grises. No había reglas ni manuales de procedimiento que le indicaran qué hacer. Aquellos libros gordos y pesados se tornaron de golpe absurdos. Entonces, cerró los ojos y buscó en lo más profundo de sí, donde se busca cuando ya no hay respuestas, cuando todo se vuelve blando, cuando afloran los sinsentidos y los silencios, esas pequeñas muertes. Permaneció perdido en sus pensamientos hasta que ocurrió, indefectible, la epifanía.

Federico llamó al editor nuevamente, le solicitó con énfasis que le hiciera llegar algún ejemplar del libro de Esquivel. El director, bastante sorprendido, le envió unos cuantos en forma gratuita a modo de quitárselos de encima.

El bibliotecario llegó al trabajo emocionado. Colocó los ejemplares sobre el mostrador bien a la vista y abandonó sus tareas cotidianas para observar con persistencia el reloj, la puerta, otra vez el reloj. Sus compañeras lo miraban desconcertadas, pero era tal la exaltación de Federico que no se animaron a cuestionarlo.

A las diez en punto entró León y descubrió los libros. Federico tragó saliva con dificultad, tomó aire y le dijo con una serenidad simulada: “Llegaron hoy, los estábamos esperando hace tiempo. Parece que es una excelente obra. ¿Va a llevar uno?”. El escritor no respondió, permaneció en el más enorme mutismo por unos segundos y luego sonrió con el rostro repentinamente iluminado. Saludó al bibliotecario haciendo una reverencia y se retiró silbando un tango.

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María José Martínez Methol

2010



viernes, 19 de noviembre de 2010

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